El recuerdo más nítido que tengo de mi infancia es el de mi octavo cumpleaños. Mi padre se puso de acuerdo para morir el mismo día. No le culpo. Pero fastidió la fiesta que con tanto esmero preparaba mi madre.

Hasta que comprendí lo que aconteció aquel día, pasaron unos meses, o incluso unos largos años. La mamma se convirtió en superhéroe de la noche a la mañana. Aunque yo, de pequeño, ya veía que algo brillaba dentro de ella. Fue la oportunidad para resurgir de los escombros de aquella repentina destrucción.

Todas las mañanas se colocaba su vestido de Wonderwoman y volaba al ayuntamiento del pueblo a limpiar baños y abrillantar mármol. O a sacar a sus hijos adelante, como decían las cotorras de las vecinas. Aquellas que, a menudo, veía con los brazos cruzados fisgoneando en la esquina de mi casa escupiendo cáscaras de pipas, deseosas de ver alguna lágrima caer para así regocijarse en la amarga desgracia ajena.

La catástrofe pilló a mi hermano en plena pubertad. Uñas negras, medias rasgadas en sus brazos, ojos pintados… en fin, llevó el luto como buenamente pudo.

Hasta aquí todo bien. Exceptuando las fiestas familiares, Navidades o meriendas con Nutella en mi casa, en la que un férreo sentimiento de pena se apoderaba de todo aquel que allí estaba y era entonces cuando, de repente, la figura de mi padre volvía a ser más nítida y brillante que nunca.

La primera Navidad que conseguí no soltar una lagrima fue con 17 años. Después de la doceava uva, y los correspondientes besos con su cansino ‘Feliz Año Nuevo’, descubrí que lo había superado. Recordarlo sin humedecer los ojos fue todo un logro. No hizo falta cumplir los 18 para sentir que ya era mayor de edad. Que ya era todo un hombre, como tantas veces me repitieron.

Pasados los años, cada 29 de marzo hacía una visita al cementerio por su cumpleaños. Repasaba las tristes y desgastadas letras de la lápida y colocaba un nuevo ramo de rosas rojas de plástico. Las favoritas de mi madre.

La mejor parte era salir por las viejas rejas del cementerio con mi labor hecha y sentir que ya no me desmoronaba.

La vida continuó como la de cualquier joven repleto de inquietudes, proyectos de futuro y ansias de vivir -y muchos años fregando vasos y soportando gente simpática tras la barra de un bar, por supuesto-. Maravilloso, por cierto, para descubrir realmente el devenir de la gente y la amargura que cada ser lleva dentro. Y es que, lo que más me apasiona de ser camarero es descubrir, en la mirada del cliente, que no va a querer limón en la Coca-cola, por ejemplo, o que el café lo toma solo y con sacarina. -Pero bueno, esa es otra historia-.

Alguna vez me he preguntado si realmente fue tan triste mi octavo cumpleaños. Fue una tragedia, evidentemente. No hay duda de que la muerte de mi padre marcó, como la yerra al ganado, a toda la familia. Pero fue tantísimo lo que aprendí, que el recuerdo que durante tanto tiempo fue amargo, tomó matices agridulces. Fue como volver a nacer. Pero con algo más de conciencia. Mi vida comenzaba en ese momento.

 

DIVINA TRAGEDIA. Por WhiteDeer. Ganador del Concurso de Relatos de Lamucca para empleados 2018

DIVINA TRAGEDIA. Por WhiteDeer. Ganador del Concurso de Relatos de Lamucca para empleados 2018

Relato ganador del Concurso de Relatos para empleados de Lamucca 2018, de Sergio Mellado

Relato ganador del Concurso de Relatos para empleados de Lamucca 2018, de Sergio Mellado

El recuerdo más nítido que tengo de mi infancia es el de mi octavo cumpleaños. Mi padre se puso de acuerdo para morir el mismo día. No le culpo. Pero fastidió la fiesta que con tanto esmero preparaba mi madre.

Hasta que comprendí lo que aconteció aquel día, pasaron unos meses, o incluso unos largos años. La mamma se convirtió en superhéroe de la noche a la mañana. Aunque yo, de pequeño, ya veía que algo brillaba dentro de ella. Fue la oportunidad para resurgir de los escombros de aquella repentina destrucción.

Todas las mañanas se colocaba su vestido de Wonderwoman y volaba al ayuntamiento del pueblo a limpiar baños y abrillantar mármol. O a sacar a sus hijos adelante, como decían las cotorras de las vecinas. Aquellas que, a menudo, veía con los brazos cruzados fisgoneando en la esquina de mi casa escupiendo cáscaras de pipas, deseosas de ver alguna lágrima caer para así regocijarse en la amarga desgracia ajena.

La catástrofe pilló a mi hermano en plena pubertad. Uñas negras, medias rasgadas en sus brazos, ojos pintados... en fin, llevó el luto como buenamente pudo.

Hasta aquí todo bien. Exceptuando las fiestas familiares, Navidades o meriendas con Nutella en mi casa, en la que un férreo sentimiento de pena se apoderaba de todo aquel que allí estaba y era entonces cuando, de repente, la figura de mi padre volvía a ser más nítida y brillante que nunca.

La primera Navidad que conseguí no soltar una lagrima fue con 17 años. Después de la doceava uva, y los correspondientes besos con su cansino ‘Feliz Año Nuevo’, descubrí que lo había superado. Recordarlo sin humedecer los ojos fue todo un logro. No hizo falta cumplir los 18 para sentir que ya era mayor de edad. Que ya era todo un hombre, como tantas veces me repitieron.

Pasados los años, cada 29 de marzo hacía una visita al cementerio por su cumpleaños. Repasaba las tristes y desgastadas letras de la lápida y colocaba un nuevo ramo de rosas rojas de plástico. Las favoritas de mi madre.

La mejor parte era salir por las viejas rejas del cementerio con mi labor hecha y sentir que ya no me desmoronaba.

La vida continuó como la de cualquier joven repleto de inquietudes, proyectos de futuro y ansias de vivir -y muchos años fregando vasos y soportando gente simpática tras la barra de un bar, por supuesto-. Maravilloso, por cierto, para descubrir realmente el devenir de la gente y la amargura que cada ser lleva dentro. Y es que, lo que más me apasiona de ser camarero es descubrir, en la mirada del cliente, que no va a querer limón en la Coca-cola, por ejemplo, o que el café lo toma solo y con sacarina. -Pero bueno, esa es otra historia-.

Alguna vez me he preguntado si realmente fue tan triste mi octavo cumpleaños. Fue una tragedia, evidentemente. No hay duda de que la muerte de mi padre marcó, como la yerra al ganado, a toda la familia. Pero fue tantísimo lo que aprendí, que el recuerdo que durante tanto tiempo fue amargo, tomó matices agridulces. Fue como volver a nacer. Pero con algo más de conciencia. Mi vida comenzaba en ese momento.

 

El recuerdo más nítido que tengo de mi infancia es el de mi octavo cumpleaños. Mi padre se puso de acuerdo para morir el mismo día. No le culpo. Pero fastidió la fiesta que con tanto esmero preparaba mi madre.

Hasta que comprendí lo que aconteció aquel día, pasaron unos meses, o incluso unos largos años. La mamma se convirtió en superhéroe de la noche a la mañana. Aunque yo, de pequeño, ya veía que algo brillaba dentro de ella. Fue la oportunidad para resurgir de los escombros de aquella repentina destrucción.

Todas las mañanas se colocaba su vestido de Wonderwoman y volaba al ayuntamiento del pueblo a limpiar baños y abrillantar mármol. O a sacar a sus hijos adelante, como decían las cotorras de las vecinas. Aquellas que, a menudo, veía con los brazos cruzados fisgoneando en la esquina de mi casa escupiendo cáscaras de pipas, deseosas de ver alguna lágrima caer para así regocijarse en la amarga desgracia ajena.

La catástrofe pilló a mi hermano en plena pubertad. Uñas negras, medias rasgadas en sus brazos, ojos pintados... en fin, llevó el luto como buenamente pudo.

Hasta aquí todo bien. Exceptuando las fiestas familiares, Navidades o meriendas con Nutella en mi casa, en la que un férreo sentimiento de pena se apoderaba de todo aquel que allí estaba y era entonces cuando, de repente, la figura de mi padre volvía a ser más nítida y brillante que nunca.

La primera Navidad que conseguí no soltar una lagrima fue con 17 años. Después de la doceava uva, y los correspondientes besos con su cansino ‘Feliz Año Nuevo’, descubrí que lo había superado. Recordarlo sin humedecer los ojos fue todo un logro. No hizo falta cumplir los 18 para sentir que ya era mayor de edad. Que ya era todo un hombre, como tantas veces me repitieron.

Pasados los años, cada 29 de marzo hacía una visita al cementerio por su cumpleaños. Repasaba las tristes y desgastadas letras de la lápida y colocaba un nuevo ramo de rosas rojas de plástico. Las favoritas de mi madre.

La mejor parte era salir por las viejas rejas del cementerio con mi labor hecha y sentir que ya no me desmoronaba.

La vida continuó como la de cualquier joven repleto de inquietudes, proyectos de futuro y ansias de vivir -y muchos años fregando vasos y soportando gente simpática tras la barra de un bar, por supuesto-. Maravilloso, por cierto, para descubrir realmente el devenir de la gente y la amargura que cada ser lleva dentro. Y es que, lo que más me apasiona de ser camarero es descubrir, en la mirada del cliente, que no va a querer limón en la Coca-cola, por ejemplo, o que el café lo toma solo y con sacarina. -Pero bueno, esa es otra historia-.

Alguna vez me he preguntado si realmente fue tan triste mi octavo cumpleaños. Fue una tragedia, evidentemente. No hay duda de que la muerte de mi padre marcó, como la yerra al ganado, a toda la familia. Pero fue tantísimo lo que aprendí, que el recuerdo que durante tanto tiempo fue amargo, tomó matices agridulces. Fue como volver a nacer. Pero con algo más de conciencia. Mi vida comenzaba en ese momento.

 

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